Kaili Blues (Lu bian ye can), China 2015


La sexta generación de cineastas chinos, iniciada en los años 90, con Jia Zhangke como cabeza visible, ya puede añadir otro realizador más a su cosecha de excepción. Bi Gan, con sólo 26 añitos, presentó su opera prima, Kaili Blues en Locarno, y se llevó el premio al mejor realizador emergente de la cotizada sección Concorso Cineasti del presente.

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Impresionante debut con una de las películas más fascinantes del año, que retoma las claves de esta generación lúcida y crítica: cámara en mano o “en moto”, sonido directo, un realismo próximo al cine italiano de posguerra, un pesimismo existencial, una nostalgia fuertemente anclado en sus personajes, una perpetua tensión entre ciudad y campo, actores no profesionales y una fascinante mezcla de presente, pasado y futuro.

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Bi Gan comienza su narración en un minúsculo consultorio médico de la provincia de Kaili, con su clima subtropical en un ambiente de niebla y humidad permanente. Chen, el médico más joven, confiesa poco a poco, a su colega, una doctora veterana, las peripecias de su vida. Dos seres unidos por un pasado agitado y doloroso que, con sutiles pinceladas narrativas y sorprendentes flash back, van descubriendo su alma.

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Chen, que lo ha perdido todo, sólo añora ocuparse de su sobrino, Weiwei. Cuando descubre que su padre lo ha vendido, el protagonista decide ir en su búsqueda a un lugar llamado Dang Mai, donde parece que el tiempo se ha detenido. Y en ese momento es cuando el espectador asiste a un momento mágico en la sala oscura. Chen tiene que atravesar el pueblo de una ribera a la otra, andando, en moto, en barco, siguiendo a los personajes que quizás pueden indicarle dónde se encuentra su sobrino.

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Un alucinante plano secuencia comienza con ese periplo en un pueblo bañado por la bruma. Los minutos pasan y sigo sin comprender cómo o dónde se ha producido el corte (me imaginaba que como en Birdman, los cortes se unirían en posproducción, creando así un falso plano secuencia). Levamos 20 minutos de plano secuencia, hipnótico, y no encuentro el corte.

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La película continúa, yo ya empiezo a enderezarme en la butaca y concentrándome aún más en este virtuoso plano que me tiene cautivado. 30 minutos y el rodaje prosigue. El placer es inmenso y el realizador logra una verdadera proeza técnica (y lógica por la narrativa de la historia, puesto que se justifica con la frase del Sutra del Diamante que abre la película).

41 minutos exactos de plano secuencia (la lectura del Sutra del Diamante puede durar normalmente unos 40 minutos) rodados desde una moto con una cámara de fotos, la 5D3.

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La niebla comienza a desaparecer, como siempre, la naturaleza tiene un potente significado en el cine asiático, ¿será el verdadero despertar del protagonista y su deseada felicidad? Espectacular y, por supuesto, también en el Festival D’A de Barcelona.

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