Secuencia 1: La reivindicación del cuerpo
La Carn, en su origen, es una obra performativa de Lluís Garau. En ella un joven solitario mata su tiempo bailando y trabajando-divirtiéndose-facturando con clientes-conocidos-amantes virtuales de las redes sociales.
En un no-espacio habitacional se mantienen no-relaciones en las que el cuerpo joven, deseable y estilizado del performer ocupa un espacio esencial, pero haciendo lo más complicado frente a él: no sexualizarlo.
La inmensa complejidad y habilidad teatral de la propuesta de su autor es mostrar una explosiva relación triangular. Un público consciente de que está asistiendo a una exhibición performática. Unos desconocidos que se conectan a las redes sociales y que desconocen que están en directo.

Y un perturbador sujeto-actor que los excita-negocia-juguetea-charla con ellos y que es, al mismo tiempo, sujeto-receptor de las miradas de los espectadores, que tampoco conoce a esas terceras personas puesto que, dado que el ordenador no es visible al público, puede que incluso ni existan.
En el centro de este triángulo es el cuerpo el que adquiere el protagonismo. Un cuerpo que trabaja, un cuerpo que se expresa con el baile o un cuerpo que se exhibe como mercancía. Un cuerpo posmodernista real que tiene frente al público la inconsistencia de un cuerpo en las redes. Un cuerpo que se reivindica, pero ni se cosifica ni se cataloga.
Secuencia 2: Contra la interpretación del cuerpo
Los grandes cineastas se conocen por las decisiones buenas que toman. ¿Cómo trasladar a la gran pantalla una historia basada en una doble presencialidad, la del público y la de los conectados, sin perder la frescura de la performance teatral? ¿Cómo alterar la percepción del espectador desde la oscuridad de la sala sin convertirla en el cuarto oscuro de la interpretación del cuerpo filmado en la película?
Joan Porcel escoge con habilidad su posición a la hora de rodar a Lluís Garau. El cineasta recoge el lenguaje de las redes sociales (cortes más breves, planos poco ortodoxos…) y convierte la película en el propio espacio virtual en que el protagonista irá evolucionando.
Como ocurría en la propia obra, lo que empieza por materia, sustancia y cuerpo, se va transformando en algo muy distinto. Lo que parece un paraíso de posibilidades, un jardín de encuentros se va oscureciendo y se transforma en un thriller en que el asesino se llama soledad.
Secuencia 3: contra la crítica de la apropiación del cuerpo
En 1977 Susan Sontag publicó un mítico ensayo, Sobre la fotografía, que con el paso del tiempo incrementó aún más su interés y visión anticipatoria de la realidad actual. La autora defendía que la fotografía ejercía un control estético y mental sobre el objeto o persona, centro del objetivo, reduciéndola a una posesión más, a una colección de recuerdos sustituibles, portátiles y almacenables. Ejemplo de ello es que, quizás, la frase más utilizada de la era de internet sea “pásame foto”.

La Carn, película eminentemente sontagiana, que hibridación ficción y documental, avanza y reafirma los principios enunciados por la autora, aunque ella no contase con la posibilidad infinita de acumulación de fotografías (léase también cine, o sea, imágenes en movimiento) a la que hemos llegado hoy en día.
Resultado intelectual: el poder visual de hoy sobre el cuerpo se ha convertido en una colonia de acumulación de soledades, compartidas en la distancia. Resultado cinematográfico: eso permite hacer películas tan absolutamente fascinantes como La Carn.
La carn, de Joan Porcel (España, 83 min.)
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