La Bola Negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo: tan hermosa y necesaria que duele verla  


La historia siempre la escriben los vencedores. En sus libros solo quedan márgenes para los que han impuesto su potencia física o su fuerza moral. Si se trata de una democracia, los márgenes de esos libros son más amplios. El espacio a ambos lados del texto es mayor y caben más anotaciones.

Por el contrario, si se trata de un régimen autoritario, populista o dictatorial, la letra que utilizan para escribir su “Gran” historia es tan enorme como la mayúscula con la que la definen. Rellenan páginas, desde lo más alto hasta el último milímetro de la hoja, para no dejar ni el mínimo recoveco a otras realidades.

Los vencidos sueñan con que algún día ganarán la próxima batalla y pueden, al fin, escribir su historia. A los otros (mujeres, personas racializadas, miembros de la comunidad de la diversidad sexual…) nunca nos han permitido tener una guerra. A lo sumo, perderlas otra vez. Ni siquiera nos queda la esperanza de poder integrar algún día esos márgenes. Nunca seremos protagonistas de la historia oficial. Seremos, otra vez, solo víctimas de ella.  

Por ello nuestra continua necesidad de construir historias. Por muchas y diversas causas, para dar sentido a la realidad, construir nuestra identidad, levantar barreras, organizar resistencias… que al final se resumen en un único objetivo, ampliar los márgenes de las páginas para inscribir en la memoria que también existimos.      

Esa es la esencia última que define la segunda película del tándem Javier Ambrossi y Javier Calvo, o sea, los Javis. Para ellos el cine es arte y es política. La verdadera política es crear agenda y nadie como ellos, en nuestra industria, ha sabido establecerla con tanta precisión y claridad premonitoria.

Cuando nadie hablaba de espiritualidad en un mundo en busca de nuevos valores, fueron los primeros en abordarla. Tras décadas de rechazo y criminalización al colectivo trans, también fueron ellos los que mostraron su humanidad, sueños y esperanzas.

Hoy con la fachosfera, nacional e internacional, más desatada que nunca, los Javis han decidido ajustar cuentas sobre algunos temas que quedan pendientes en nuestra, y por desgracia en muchas más, sociedades.

La política reivindica figuras humanas porque las personas encarnan mucho mejor los valores que las frías ideologías. Sin embargo, en España casi todos los creadores de la diversidad sexual han sido convenientemente “armarizados”.

En el caso de Federico García Lorca el problema es aún mayor porque ha sido la propia familia la que lo ha recluido todo lo que ha podido una parte fundamental de su existencia, con el beneplácito de casi toda la supuesta intelectualidad nacional, incluido el premio Nobel más homófobo de la historia, Camilio José Cela.

Para más información y paradigma de esta situación, la infame descripción de la pelea existente sobre título de los Sonetos del amor oscuro del poeta, descrita en el sublime libro Su fulgor puede destruir vuestro mundo (Una mirada LGTBI+ a la historia de la literatura española), de Ramón Martínez.       

Uno de los criterios para situar la importancia de una obra artística es su trascendencia cultural. De ahí la relevancia de La bola negra. Una película que llena un vacío, la inexistente gran historia de amor homosexual, en nuestra época histórica menos dada a los idilios, la guerra civil. Y como toda epopeya amorosa que se precie, esta debe conjugarse la exageración, el boato y los extremos estilísticos de su éxtasis.

Estilísticamente La bola negra tiene referencias de Fassbinder, Pasolini, Claire Denis, Derek Jarman y un sinfín de cineastas, reciclados y muy bien digeridos, por unas mentes que han sabido adaptarlos con inteligencia a nuestra época de multitud de pantallas y dinámicos montajes.        

En ella hay mucho espectáculo y mucho cine. Sin poder apostar por qué parte corresponde a cada uno, tendremos que esperar a los proyectos en solitario de cada uno de los directores (que casi seguro los habrá) para poder descubrirlo.

Lo que mejor funciona, curiosamente, son las partes de espectáculo de esta película concebida como un enorme y teatral recital de música, poesía y amor, en gran pantalla y formato romántico en 35 milímetros, sirviendo poderío por sus cuatro costados (Penélope Cruz en genial cabaretera y Glenn Close, casi con el mismo pelo, que Ian Gibson).               

Entremezclando la historia de tres personajes en tres fechas (1932, 1937 y 2017), los cineastas despliegan sus temas favoritos como la maternidad, la herencia recibida, la familia o el amor elegido, con un literario MacGuffin de fondo: el libreto de una obra de teatro abiertamente homosexual de Lorca, titulada La Bola Negra.

La película, escrita a seis manos, junto a Alberto Conejero, también está inspirada en una de sus obras teatrales, La piedra oscura, a su vez, basada en esas escasas páginas de la obra lorquiana que hubiese podido cambiar la historia de la dramaturgia española, porque los españoles no sabremos escribir biografías, pero de dramas sabemos un buen rato.

Aunque la prensa se empeñe en pensar lo mismo, la película no va de Federico García Lorca. Los protagonistas, en realidad, son los casi 200 activistas turcos arrestados hace unas semanas, los dos militantes agredidos en Oviedo hace unos días…

Esta película es para que empecemos a sacar bolas blancas y guardar las negras para mejores usos. La bola negra no es una película histórica sobre el pasado, es una utopía sobre el futuro que no debería repetirse.

La bola negra, de Javier Calvo, Javier Ambrossi (España y Francia, 159 m.)

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