Aviso: películas ya estrenadas, artículo con spoilers en abundancia
¿Quién lo iba a imaginar a estas alturas de la película? El cine de autor, cada vez más formateado y repetitivo, ve al cine mainstream y gran público norteamericano acercarse peligrosamente por su izquierda cuando aborda sus temáticas habituales y, por si fuera poco, les da la vuelta con un toque de humor, siempre de agradecer.
Si bien antes pocos éxitos mayoritarios del cine mundial se metían en camisas de once varas para conquistar al público, parece que una nueva generación de cineastas norteamericanos, muchos con origen en formatos de redes sociales, reivindican las temáticas woke desde el género fantástico. Y al rey lo que es del rey, con mirada crítica, gusto narrativo y pulso cinematográfico.
Esta tendencia empezó este año en las salas con Backrooms, frikada de origen en internet de la mano de Kane Parsons, de la que ya se ha dicho todo. Aunque esta historia sobre los espacios liminales (lugares de transición que sirven de paso como, pasillos, aeropuertos, escaleras, normalmente abarrotados de gente, que angustian al fotografiarse o captarse vacíos) también remite indirectamente a la crisis habitacional y la adicción al scrolling.

Aparte de las diversas interpretaciones que se han aportado a estos ambientes, no dejan de remitir a inmensos espacios vacíos ganados por el capitalismo desbordado y olvidados por la imposibilidad de su mantenimiento.
Por otro lado, esta sucesión de lugares es también la transposición visual en 3D del paso continuo de pantallas, el famoso y adictivo scrolling, que no deja de mostrar una infinita variedad de vacíos de contenido.
Pero la cuestión no se ha quedado ahí. Curry Barker, otro joven actor, director y comediante estadounidense blanco de 26 años, ha pasado de crear sketches virales en YouTube a entrar por la puerta grande de Hollywood con Obsession.
Presentada como película de terror, personalmente creo que tiene todas las papeletas para convertirse en la mejor comedia del año. A partir de un argumento que cabe en una línea, gracias a un hechizo el amor platónico de Bear, el prota de la película, se convierte en una amante postrada a sus pies, la película, con gracia evidente, se dedica a explotar los cimientos del concepto de amor romántico, tan venerado y vendido durante más de un siglo por la industria hollywoodiense.
El director plantea el amor romántico como una disociación enfermiza en la que nos vemos obligado a actuar en contra de nuestra voluntad (por ello, toda la parte del film sobre si estamos o no frente a abusos sobre la persona “enamorada”), tan cercana a una esquizofrenia o un caso de personalidad múltiple.
Una sublime deconstrucción del amor romántico con una escena final que incluye un homenaje a la película El sueño, Andy Wharlol (que, por cierto, duraba casi 6 horas) y a la alfombra de Stanley Kubric en El resplandor. Pues sí, unas referencias ideales y perfectamente asumidas con una canción final y fascinante que habla de besos para siempre.

Aunque hubiese sido impecable acabar con Obsesión, famosa canción de bachata de 2002, de Aventura con la participación de Judy Santos. (Ya sabes: no es amor, no es amor, es una obsesión…).
Para cerrar esta nueva tendencia qué mejor que lo nuevo del director de It follows, David Robert Mitchell, que de hecho está rodando ahora su continuación con They follow.
Sería una verdadera pena que la muy inteligente El final de Oak Street se quedase en una película ya vista de dinosaurios porque toda esta historia comienza con una crisis de la narración.
El filósofo coreano Byung-Chul Han describió con precisión esta situación en su ensayo homónimo: toda crisis profunda surge cuando perdemos la capacidad de dar un sentido ordenado, compartido y con memoria a nuestra experiencia a través de los relatos.
Esto es literalmente lo que le ocurre a la protagonista de la película cuando comenta la novela que escribe en su sótano a una amable y desocupada vecina (situación muy alejada de la habitación propia que tanto reivindicaba Virginia Woolf).
Lo escrito e imaginado, a nivel íntimo, se materializa en su realidad. Estamos en los años 80, década que vivió el comienzo de la grave recesión económica norteamericana, con inflación y tasa de desempleo superiores al 10% y ese barrio pijo, residencial y ordenadito se va a convertir en la pesadilla que, realmente, se enconde detrás.
Lo fantástico de la película es que crea la expectativa del relato normativo del gran sueño americano para desbaratarlo de cabo a rabo. La protagonista, Anne Hathaway (no olvidemos que denostada hasta hace muy poco), se ve deprimida y sin recursos. Todos esperamos al hombre de la casa. Que, por fin, llega, Ewan McGregor (tampoco olvidemos, héroe y macho habitual en las pelis).
La realidad se confirma de inmediato. El gran macho, rey de la casa y suministrador de los recursos de la casa es un perdedor, expulsado del sistema económica y reciclado en repartidor de pizzas por cuenta propia (ni Glovo ni Uber Eats existían todavía). Un verdadero inútil que intenta defenderse con un bate de beisbol, al igual que su hijo con unas flechas de juguete) y que, evidentemente, acaba devorado por los monstruos. Lógico.

Hay esta representada la realidad actual: la mujer, que utiliza el arma mucho mejor que el hombre, acompañada por su hija y una amiga, evidentemente, ambas de la comunidad de la diversidad sexual.
Lo que sobrevive es el género femenino. Solo a su hijo adolescente se le ocurre ir a buscar al perro rodeado de dinosaurios o pensar en rezar, como imaginan padre e hijo, cuando ni siquiera van a misa los domingos.
La propiedad y el patriarcado quedan relegados y desaparecidos en una hora y media de pura felicidad. Ese roble, al que alude el título, no se ha mostrado tan sólido. Es la fuerza del bambú, más flexible, el que ha resultado ganador. Eso sí, el director se da cuenta que ha ido demasiado lejos y, de repente, decide arreglarlo un poquito con un giro bastante forzado.
Bueno, no se puede pedir todo, pero es un bien comienzo. La familia acaba con una casa más grande y, por supuesto, con una habitación propia, como la de Virginia Woolf, pero más grande, más norteamericana. Solo que lo se escribirá o publicará ya no es algo íntimo o personal sino una aventura de dinosaurios que genere muchos derechos de autor(a). Pan y toros, como siempre.