Mauvaise étoile, de Lola Cambourieu y Yann Berlier, una Beatriz contemporánea en lo más profundo del último círculo dantesco


Cada año desde 1993, mientras una parte de Cannes disfruta el brillo de las alfombras y los oropeles de fiestas y galas, la sección paralela más independiente del certamen, ACID, muestra el reverso de la moneda de un cine anclado en lo social, arriesgado y abierto al debate.

Una selección que no tiene nada que envidiar a sus vecinos de programación y que la convierte en la cita clave anual del universo del cine más inventivo y radical.

En esta edición de 2026 con solo el film inauguración, Mauvaise étoile, ya puede afirmarse que ACID ha presentado una de las películas más impactantes y necesarias de Cannes.

La pareja de realizadores formada por Lola Cambourieu y Yann Berlier, que ya habían mostrado sus armas con sus cortos anteriormente, despliegan en su ópera prima toda la artillería cinematográfica imaginable.

Ya desde su punto de vista, cambiante y variado a lo largo del metraje, los cineastas convierten al espectador en el invitado inesperado de una historia que comienza fuerte y acaba con una explosión de suspense.

La reunión de un grupo familiar, que puede pasar de la tensión al disfrute en cuestión de segundos, intercambia impresiones y opiniones sobre el comportamiento de la pequeña Malone. Una de las pequeñas de la familia, inteligente, extrovertida e imprevisible que le quita el sueño a su madre, Kiki, desbordada por su hiperactividad y culpabilizada por el sentimiento de mala madre que la acompaña en permanencia.

Esta escena inicial que abre la trama, con una cámara próxima al cuerpo y a los sentimientos, promete un retrato de la infancia que se transforma en el calvario de la madre, al que vamos a asistir cuando la familia se aleje del grupo y vuelva a su casa.       

La mirada de Malone es la que nos guía por las continuas vejaciones, insultos, maltratos y violencia psicológica que Kiki sufre a puertas cerradas. Su compañero (su verdugo), Alex es el retrato perfecto de maltratador, narcisista y manipulador de una violencia de género que duele ver hasta en la distancia que permite la pantalla.

Kiki se esfuerza, se somete y se rebaja a lo que sea con tal de contentar a un concentrado de masculinidad nociva que debería estar en terapia o en la cárcel desde hace años. En medio de una casa que parece una batalla campal, tan inacabada como desequilibrada está su relación, Kiki va convirtiéndose en un despojo psicológico.

Es en ese momento cuando los cineastas cambian el punto de vista. Kiki sale de casa, en un día que parece nunca acabar. Esta vez no regresa y se une a un grupo de fiesteros, que intentan prolongar una tórrida noche de verano, entre grandes cantidades de alcohol y confesiones íntimas.

Desde aquí será nuestra mirada, la del público espectador, la que sigue a esta Beatriz contemporánea, en su descenso al infierno de los círculos dantescos de un amor que no existe. Posiblemente nunca haya existido porque “sí hace daño y duele, eso no es amor”.

En ese grupo hay otra mujer, más mayor y con más experiencia de vida, que confiesa una idea clave del esta Mauvaise étoile: todo lo que habéis visto en las películas, yo lo he sufrido en mis propias carnes.

No hay solo una Beatriz en este mundo, cuando se habla y se comparten experiencias salen a flote una inmensa cantidad de mujeres víctimas de maltratos, acosos y agresiones, físicas, psicológicas. O las dos a la vez.               

Los cineastas con una sabia metodología visual que juega con la ficción y la estética del documental cierran este descenso a los infiernos de la violencia de género con un regreso al, entre muchas comillas, hogar y la familia.

La culpabilidad de la madre, el errático comportamiento de la niña y las tortuosas causas que provocan estas situaciones se han ido desvelando a través de situaciones mínimas: la muerte de un gorrión, los sellos en una tarjeta de fidelidad de pollos asados…

Tan mínimas que resultan espeluznantes para un espectador aterrado ante la sinceridad y honestidad de lo presenciado y al que este fantástico guión le reserva una inquietante escena final. Un cierre muy abierto que obliga al espectador a posicionarse. ¿Final feliz, comienzo de una nueva etapa o último adiós a otra víctima de género más?

Horas después de la proyección, cuando todavía estás intentando asimilar esta extraordinaria ópera prima y recuerdas que la pareja de cineastas ha escogido a su propia hija en papel de la niña, no puedes evitar pensar en la famosa cita de Tolstoi. Dudas si esta familia se parece o no a otras, pero en todo caso es evidente que juntos, los Berlier Cambourieu, van a seguir rodando unas películas impresionantemente potentes.              

Mauvaise Étoile (Under a Bad Star), de Lola Cambourieu y Yann Berlier (France – 2h05)

Cannes 2026: ACID – Película inauguración

Deja un comentario