Existe algo que comparte toda la humanidad: la necesidad de creer en algo. Desde los rituales de chamanes en prehistóricas cuevas hasta los libros de autoayuda de gurús contemporáneos, el ser humano se ha apoyado en la creencia, como una necesidad de subsistencia tan importante como el alimento o el agua.
Es indiferente la naturaleza de la creencia, ya sean posos de una taza de café, la forma de las nubes o hasta certezas más insospechadas (en su afán de asegurarse algunos llegan a límites inimaginables, como la creencia de que hoy un primer ministro en Francia puede llegar a durar un año en su puesto). Lo importante es el bienestar que esas creencias crean en nosotros. Esa seguridad, confort y serenidad que aporta creer en algo, da energías para emprender el resto de nuestra existencia.
Pierre Salvadori, con su 11ª película en su 34 años de carrera, recoge la difícil tarea de inaugurar el festival de cine más mediatizado del mundo y lo hace con una comedia romántica de tintes clásicos, con sus enredos, sus innumerables giros (demasiados, quizás) y un tono feel good movie bien necesario para estos tiempos.

La trama es sencilla, pero eficaz: Suzanne (Anaïs Demoustier) forma parte del elenco de una atracción de feria ambulante, donde reparte besos con electricidad (artificio), a espectadores ávidos de sensaciones (pluralidad de oferta). Por necesidad económica se hace pasar por vidente (creación), para poner en contacto Antoine (Pio Marmaï), célebre pintor que ha dejado de crear, con su fallecida pareja Irène (Vimala Pons).
Todo ello aderezado con la compensación económica (chantaje) ofrecido por el galerista de arte Armand (Gilles Lellouche), para que el pintor vuelva a realizar sus costosas obras que hacen las delicias del público, en un mercado de arte de alta competencia.
Pero lo deslumbrante de esta historia es el paralelismo que establece con la situación actual del séptimo arte. El cineasta, de manera muy inteligente, la sitúa a finales de los años 20, en el lugar donde nació el cine: las barracas y ferias ambulantes. Lugar donde compartía espacio con mujeres barbudas, trucos y estafas bienintencionadas y cualquier artificio que produjese alguna nueva sensación al público. La misma situación de hoy entre el cine y las plataformas.

Pese al chantaje del galerista (necesidad de producción abundante, ¿a qué os suena esto?), la película se transforma porque la protagonista también empieza a crear una historia y, sobre todo, a creer en ella y en lo que le cuenta al pintor.
En un momento de tensión por la infinita variedad de propuestas de las ventanas audiovisuales, Pierre Salvadori afirma su absoluta creencia de que el cine es el generador de historias, capaz de configurar sentimientos y recrear sensaciones que nos lleven a otros lugares jamás imaginados.
Y lo hace justo en el preciso momento, ese París de 1928, en el que el cine ya ha alcanzado su momento máximo de aceptación y reconocimiento, con sus propias salas y considerado un arte. Quizás por ello, la última escena de la película sea ese agradecimiento a la fidelidad del público presente.
Sin duda alguna, una de las mejores inauguraciones del festival de Cannes: efectivo, correcto y reivindicativo de un cine que nos transporta, porque como se afirma en un momento del film “la vida sin pasión es un insulto”.
La Vénus Électrique (The Electric Kiss), de Pierre Salvadori (France, 2h02) Cannes 2026: Sección Oficial – Película inauguración – Fuera de concurso