Tangerine, EE.UU. 2015


Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana… o sea, el año pasado, en plena Navidad de Los Ángeles, dos amigas se vuelven a encontrar en su lugar preferido, un bar de donuts. Sin-Dee Rella (un juego de palabras intraducibles entre el nombre propio, Cindy, Pecado y Cenicienta; pobre del que le toca preparar los subtítulos de este film) cotillea con su amiga, Alexandra, tras salir del trullo por cubrir a su chulazo (más profesional que físicamente hablando, pero para gustos están los colores, y aquí hay mucho colorido).

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Sin-Dee es la mujer más feliz del mundo (bueno, mujer trans porque ya se sabe que una mujer se hace, no se nace), compartiendo sus primeras horas de libertad y poniéndose al día de los cotilleos de sus compas de trabajo de la calle (en su sentido más literal).

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Entre mordiscos al donuts y flequillo al viento del aire acondicionado (rubio, of course) Alexandra deja escapar una indiscreción: el chulo de Sin-Dee le ha puesto los cuernos. Drama-queen, en perspectiva pero lo peor, lo inimaginable, con una mujer (de nacimiento). El color tiñe de inmediato las perfectas mejillas de Sin-Dee, la adrenalina desbordada y, de paso, un año gratis de maquillaje (que, sin duda, representa un pastón en su presupuesto) dado el subidón de Sin-Dee ante tal afrenta.

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Sin-Dee es la mujer más infeliz del universo, incluidos los territorios de la Primera Orden y demás repúblicas independientes del Espacio sideral. La venganza se impone y las uñas de Sin-Dee, más largas y afiladas que los versos de Don Mendo, se proponen encontrar a su marido para cantarle las cuarenta en modo HI-FI y soltarle un “eres ruíz”, porque se puede estar fuera de sí, como ella, pero ser políticamente correcta, al mismo tiempo. Que se prepare el hombrecito (de nacimiento) porque la manicura de Sin-Dee corta más que las garras de Freddy Krueger y de Lobezno, juntas.

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Pero alguien más merodea por Los Ángeles (ciudad donde todos se buscan y pocos se encuentran), un taxista, de origen armenio, en busca de buena interacción oral. Y será en otro bar donde todos se encuentren, taxista, familia, chulo y Sin-Dee Rella para regocijo y placer, esta vez, intelectual, del público.

Sean Baker, su director, ha creado con Tangerine LA bomba de destrucción masiva indie. Rodada con tres móviles y dos filtros para iluminar las escenas, darle ese tono caramelizado tan dorado al sol californiano y producir con tres duros y una docena de pelucas la película más fresca, descarada y divertida del año.

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Un verdadero ataque a la producción clásica para recordar al mundo que el cine es una historia de talento y no de presupuestos, de ilusión y no de marketing. Si bien es cierto que no es la primera vez en la historia del cine que ocurre, Jafar Panahi ya lo hizo, por otros motivos bien diferentes en Esto no es una película, Sean Baker, como buen outsider, no se priva de remarcarlo con una escena en que los tacones de la exuberante Sin-Dee pisan el paseo de la gloria de la meca del cine.

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Una película trans, en todos sus aspectos, transgresora, trans(hiper)lúcida, transgénero, transformadora, trans(a)Parente de los roles, las ideas preconcebidas y el tren habitual de las historias archiconocidas y reiteradas hasta la saciedad de un Hollywood que se repite a fuerza de mallas pegadas a los superhéroes y precuelas, remakes, secuelas y sucedáneos de éxitos pasados.

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Kitana Kiki Rodriguez y Mya Taylor, sus dos protagonistas principales, han comenzado la carrera de los Oscars sin despeinarse (lo tienen más fácil porque con la laca que llevan, no existe ni capa de ozono alrededor de sus melenas), y sin miedo (al estar acostumbradas a luchar contra las carreras de las medias, más complicadas e imprevisibles, que la célebre estatuilla dorada).

Ellas deberían, sin lugar a dudas, estar entre las mejores actrices del año. Absolutamente geniales desde el primer minuto de Tangerine, puro realismo sucio a lo Bukowski, que actualiza los tradicionales cuentos de toda la vida. Cine distinto y apasionante, un ¡Qué bello es vivir! navideño bajo el sol que acabaría con la abuela centenaria. Felices fiestas a todos/as.

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