Hay que ser muy valiente para luchar contra la injusticia, pero ante todo hay que poder permitírselo. Una situación que no está al alcance de todas y mucho menos de las trabajadoras marroquíes que recogen las fresas en el sur de España, en unas condiciones de alarmante precariedad, caciques de otras épocas y falsas promesas.
La directora marroquí Laïla Marrakchi se lanza, tras las aclamadas Marock (2005) y Rock the Casbah (2013), a una de las denuncias más honestas y feministas que se verán estos días en pantalla en Cannes con su tercera producción, La más dulce.
Bajo unos plásticos en que la temperatura sube a una increíble velocidad, tras dejarse envolver en el sueño europeo de cobrar 35 euros por día de trabajo (nada más lejos de la realidad), vivir en barracones con otras compañeras o pagar unos precios elevados en los pocos supermercados cercanos a la zona de trabajo, quedan pocas energías para denunciar situaciones insostenibles.

La más dulce, en un ingenioso juego de palabras en que no sabemos si se refiere a las fresas o a alguna de las trabajadoras, acompaña a la protagonista, campeona de artes marciales, de una sólida fuerza y energía desbordante, en la llegada a uno de los campos de explotación de las fresas onubenses en Palos de la Frontera.
Uno de tantos campos de cultivo existentes en el sur europeo que, como canto de sirenas, atrae a tantas personas que partieron unos meses de sus países porque se morían literalmente de hambre. Un lugar abarrotado de mujeres trabajadoras porque, desde la perspectiva de sus dueños, cuánta más gente haya, más ayudas europeas recibirán.
La directora reitera las referencias al clásico Kill Bill en la trama y el público espera, inconscientemente, que al final el dueño de la explotación reciba su merecido, como tradicionalmente establecen las leyes de la narrativa (como decía Chejov si aparece un arma, alguien tendrá que utilizarla).

Pero cuando empiezan a surgir las complicaciones, la cineasta se encarga de situar la verdadera realidad, desde una doble mirada. Por un lado, la continua presión que reciben de sus familiares para que sigan enviando dinero a sus países, y por otro, la exigencia de un pasado impoluto por parte de la sociedad para poder creer su relato.
Es ahí donde el inteligente guión y una meditada puesta en escena de La más dulce alcanza su excelencia. Kill Bill no puede ser cualquiera, no es quien quiere sino quien puede.
La más dulce es un retrato audaz e inteligente de una situación ante la que cerramos, demasiado a menudo, los ojos. Preferimos retener el dulzor de las fresas y olvida el amargo sudor que las ha recolectado.
LA MÁS DULCE, de Laïla Marrakchi (Francia, España, Marruecos y Bélgica 1h41)
Cannes 2026 – Un Certain Regard