Bienvenido al universo Cannes: el paraíso al que todos quieren acudir y muy pocos (sobre todo, pocas) son los elegidos. El país que universalizó la gran distribución (Marcel Fournier y Louis Defforey fundaron Carrefour en los 1950 y abrieron el primer hipermercado del mundo en 1963 en Sainte-Geneviève-des-Bois, las afueras de París) también ha sabido crear el más deseado y brillante de los escaparates de cine mundial. Y como en la gran distribución, todo decidido en París, para exportarlo al resto del mundo.
¿Está el mejor cine en Cannes? Sin lugar a dudas. Pero no está todo lo mejor del mundo sino una visión muy concreta, repetida a lo largo de años, y que industria, comunicación y prensa se encargan de difundir para mayor gloria del festival de Cannes. No del cine, en general.
Todo el mundo quiere estar en Cannes y de hecho se emplean todos los medios al alcance. Por ejemplo, una película trabajaba, al menos hasta hace muy poco, con tres equipos 8 horas cada uno al día, para acabar la película para su presentación.
El universo Cannes difunde y promueve una visión eurocentrista de presupuestos de producción holgados y muy masculinizada del cine. Con un primer objetivo, absolutamente defendible, que es la promoción de la producción y coproducción francesa.
Lo que en cualquier otro lugar o certamen se criticaría, en Cannes se ensalza políticamente sin crítica alguna, se expande por la prensa de manera generalizada y el público acaba asimilando a fuerza de escucharlo.

Repasemos la sección oficial de 2026: de los 23 largos (en competición todos salvo el de apertura, La vénus électrique -por cierto, la mejor inauguración de los últimos años-), 19 son producción o coproducción francesa. Solo se desmarcan la española, Amarga Navidad; la surcoreana, Hope; la norteamericana, Paper Tiger, y la japonesa, Sheep in the box.
En el resto de las secciones oficiales es absolutamente parecido. Películas, por supuesto, que cuentan con presupuestos elevados. A modo de ejemplo, de las tres españolas seleccionadas en oficial los presupuestos se sitúan entre 6 y 11 millones de euros, y para no romper la regla, dos de ellas son coproducciones francesas, cuando nuestra producción media nacional no alcanza los 3 millones de euros.
A este eurocentrismo se añade la masculinización de la selección. De las 23 películas en SO solo 5 son directoras. Lo que representa un triste y desolador 22% en 2026. Nada que no sea habitual en un festival que tiene su récord de presencia de mujeres cineastas en 7 seleccionadas y en ediciones bien recientes, 2023 y 2025.
La radiografía de Cannes puede gustar más o menos, pero lo curioso es constatar cómo los compañeros del sector informativo alaban estas peculiares características que no dejan de criticar en otros festivales, sobre todo, nacionales.
Personalmente creo que la defensa del cine francés que practica el certamen es primordial y prioritario en un evento cinematográfico de esta envergadura y ámbito territorial. Además, estimo que hace muy bien, puesto que es lo que debería hacer cualquier festival con su cinematografía.
Quizás deberíamos aprender de todo lo bueno que tiene y aplicarlo a nuestros festivales, para que no sean un simple y pálido jardín de invierno de Cannes.

En cuanto a la representación de otras cinematografías (ninguna latina ni africana) o la ridícula e inexplicable casi ausencia de directoras parece tan pleistocénico, que produce un inevitable sonrojo ajeno, todavía en 2026.
La opción es sencilla: nos lamentamos (que también lo hacemos puesto que ciertas decisiones estratégicas todavía en 2026, como la escasa presencia de directoras, confirma la hipócrita afirmación de ser el escaparate más diverso del cine mundial, que tanto repiten) o lo tomamos como una oportunidad que otros festivales (por ejemplo, San Sebastián) pueden aprovechar. Esperemos que la llegada a la dirección en Donosti de 2027 de Maialen Beloki cambie esta situación.
El modelo de Cannes funciona y les va muy bien. Algunos dirán que el problema es más complejo. Y lo es. Producciones con menos presupuestos para directoras que para realizadores, equipos de programación con visiones muy concretas de la selección, un país muy retrasado, en general, en cuanto a la sensibilización de la paridad…
Lo lamentable es que nuestra crítica nacional se hipnotice ante una selección así, con todo lo bueno que tiene, olvidando sus grandes ausencias: 5 directoras de 23 películas en SO o ninguna producción latina, que cuenta con cinematografías de las más potentes a nivel mundial.
Cannes hace lo que tiene que hacer y lo borda: defensa de su pro o coproducción nacional y, por supuesto, de su idioma francés. El cine y la lengua transmiten valores y crean esquemas mentales, al mismo tiempo que diversidad y riqueza. Arte e industria se conjugan en plural en el séptimo arte.
La cuestión es si nosotros con un festival de clase A y un magnífico despliegue de festivales a nivel nacional y con una lengua que comparten 21 países y hablan casi 600 millones de personas, lo podemos hacer mejor.
Por lo pronto, vamos a disfrutar del buen cine que llega del festival y confirmar, menos mal, que no todo en el universo del cine pasa por Cannes y que queda mucho margen para todos.