‘Los planes de Dios’, de Viviseccionados, o el show erótico de la sinceridad desnuda


La extrema modernidad de la compañía Viviseccionados no impide que adopten el clásico debate socrático en la primera parte de su espectáculo, Los planes de Dios.

Un teatro de la palabra, de la mejor palabra, entre Carlos Gorbe y José Andrés López. Este último, dramaturgo, intérprete y director de la pieza, no había previsto los planes tortuosos y equivocados, que Dios le había preparado para el año pasado. A través de lúcidas preguntas y airadas respuestas, va indagando en las secuelas que un confinamiento impuesto ha creado en su existencia.  

Los planes de Dios es una obra concebida como una bomba de relojería preparada para explotar cada dos minutos. Por ella pasan las relaciones humanas, con lo mejor y más inspirado de la escritura contemporánea, (‘gracias a los encuentros nos podemos pasar de los martirios íntimos’, ‘la jaula protege de las bestias’), el deseo (‘la solidaridad real la tenemos entre las piernas’, ‘necesito la navaja en el cuerpo para involucrarme en la vida’), la sensualidad (‘prefiero lo placentero a lo justo, aunque ello no me aleje de la maldad’, ‘el placer es una promesa cumplida’, ‘no somos polvo de estrellas, solo seres de carne’), el rechazo (‘a todo lo que no entendemos lo llamamos enfermedad’, ‘el no ser deseado te infecta el cuerpo con una guerra eterna‘)…

El nivel de este conjunto de aforismos es de tal elegancia y pertinencia, que lo único que solicita el espectador es una edición inmediata de este magnético texto teatral, con las brillantes ‘lo más parecido de estar bien es estar combatiendo’, ‘a mí todo me parece pequeño cuando lo consigo’ o la sublime ‘para estar triste hay que tener tiempo libre’.

Pero tras la tormenta en las obras de Viviseccionados no viene calma, sino que se instala tempestad. Los planes de Dios comienza su segunda parte con una ofrenda del artista: su cuerpo y su danza para exorcizar el tiempo perdido y recuperar su existencia. Solo existe una seguridad: mientras que dancemos, tendremos la certeza de seguir vivos.   

Donostia, y en la tercera edición del festival LABO XL, era el marco perfecto para presentar la última y potentísima imagen que cierra la pieza. En la ciudad que tiene por santo a San Sebastián, José Andrés López en lo que podría ser, casi, una versión carnal de una escultura de Félix González-Torres, se convierte en un Sebastián actual, en él que las flechas ya no están sobre su cuerpo, sino en una espiral de pinchos que desgarra por la incomprensión y el rechazo ante alguna enfermedad. Sencillamente, brutal.     

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