El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen), Finlandia 2017


Sólo las grandes figuras del cine consiguen una concreta estética y una narrativa particular que, en unos cuantos planos, hagan reconocer de inmediato su firma a cualquier espectador. El finlandés Aki Kaurismäki es uno de ellos. Podemos apreciar o no su estilo, pero siempre sabemos que se trata de él, aunque haya dejado pasar seis años desde su última película, El Havre.

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Si bien reconozco que no era un adepto de su filmografía, salvo la excelente Leningrad Cowboys Meet Moses, el cine de Aki Kaurismäki (que me parecía demasiado teatral, con un oscuro humor y un tanto forzado) me ha completamente deslumbrado con su último trabajo, El otro lado de la esperanza.

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Este cineasta que parece adorar las trilogías (la clase obrera y los perdedores) se diría que, con un nuevo tema, la inmigración, filma su segunda película, tras El Havre. Pero el talento de Aki Kaurismäki se luce con asuntos delicados y, en lugar de los estereotipos, lugares comunes y sobados clichés, se lanza al género menos esperado, una comedia, y todo hay que decirlo, muy buena. Hacía tiempo que no me reía tanto en el patio de butacas.

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El realizador mezcla dos líneas argumentales, un refugiado sirio que llega a un puerto finlandés por casualidad, y un finlandés que huye de su hogar para rehacer su vida. La escena inicial: marido que prepara maleta, esposa en cocina con rulos y bebiendo, sublime separación es digna de Buster Keaton.

Pero lo más políticamente incorrecto es que el cineasta finlandés no se calla ante la frialdad y tristeza de esta vieja Europa. Si los inmigrantes, obligados, se sienten atraídos por estos países, parece que todos los finlandeses están deseando irse del país para emigrar, por ejemplo, “México y beber piñas coladas”. De la realidad confrontada al sueño surgen los continuos gags visuales, milimétricamente dosificados, en una de las mejores comedias del año.

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Personajes casi estáticos, puestas en escena teatrales, mucho plano fijo, una música perfecta para cada momento y un guión, que mezcla ternura y humor con una suprema exquisitez. Por todo ello, pese a que inicialmente se podía haber visto en el Oso de Plata de la Berlinale de este año al mejor director, un galardón político, resulta absolutamente merecido. Aunque sólo sea por las escenas del restaurante temático, por decirlo de alguna manera (hoy japonés, mañana chino…), El otro lado de la esperanza contiene momentos de comedia dignos de Chaplin o Keaton. Una verdadera joya de humor.

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