La Decisión de Julia, España 2015


En el fin de semana más cinematográfico que pueda existir, entrega de los premios de la academia de cine francesa, los César el sábado, y de la americana, los Óscar el domingo, el cineasta Norberto López Amado estrena su tercera película, tras su exitoso paso por la dirección capítulos de series de televisión (El Tiempo entre costuras, Tierra de lobos o Mar de plástico). Un medio totalmente diferente, la gran pantalla, que según sus propias palabras, le permite un trabajo ‘más de autor’.

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Verdaderamente, una sorpresa muy agradable descubrir un universo alejado del estándar habitual que proporciona gran parte del cine actual. Sobre todo recurriendo a una estilizada fotografía en blanco y negro tan justificada (exquisito trabajo de Juan Molina).

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La historiadora de arte y filósofa, Jacqueline Lichtenstein, en un libro apasionante, La couleur éloquente (El color elocuente), abordaba el uso del color, frente al dibujo y su lógico blanco y negro, como filosóficamente sospechoso por su carácter material, moralmente culpable por su resplandor seductor y objeto peligroso, dado que su efecto inmediato es fuente de placer.

La decisión de Julia toma el camino contrario, un blanco y negro nada realista. En cine, actualmente, el blanco y negro rompa la tácita ilusión de la ficción, se aproxima al sueño y crea una distancia con el espectador que, utilizada con tanta inspiración por Juan Molina (especialmente creativa en la parte en que conocemos la verdadera -¿o falsa?- ocupación del actor protagonista), confiere a esta película una inesperada baza de seducción.

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Una mujer llega a una habitación de hotel (216, nada alejada de los fantasmas de la 237 de El resplandor de Kubrick que originalmente,  en el libro de King, era la 217). Dos amigos, o quizás, más bien conocidos, se reúnen con ella minutos después. Una conversación les lleva a rememorar la vida de Julia y comprender las razones de sus drásticas decisiones (la actual, y aún más, las de su pasado).

Una película sobre los recuerdos del pasado con una actriz alucinante, Marta Belaustegui, que encarna su papel, en la línea de otra gran Julia del teatro, la de August Strindberg, por el presente determinismo que también acompaña la película y la dificultad para escapar a un negro destino. Frente a la lucha de clases, la Julia de López Amado lucha contra sus sentimientos en un despliegue interpretativo, arropada por el impecable Fernando Cayo.

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El cine de autor propone varias lecturas y si la primera y más lineal me interesó (el encadenamiento de peripecias que llevan a Julia a su decisión final), reconozco que me fascinó otra versión de la historia. Norberto López Amado, gracias a ese blanco y negro (y ciertas proposiciones de la puesta en escena, el espejo como doble…), nos permite imaginar que puede que todos esos recuerdos no sean totalmente reales. La luz se hace casi cegadora en ciertas partes de la película y abre la posibilidad a que Julia también haya recrear parte de sus recuerdos para justificar, a sí misma y a su entorno, las decisiones que tomó a lo largo de su vida.

La proeza de Marta Belaustegui consiste en convencernos de que todo lo que nos cuenta ha sido real y la maestría de Norberto López Amado es empujar al espectador a crear su propia versión de los hechos. Espero en vuestros comentarios, alguna de vuestras versiones (para no desvelar nada aquí y dejar al espectador el placer de descubrir esta historia). Un cine valiente con una entrada y múltiples salidas. ¿Cuál será la tuya de esa habitación 216?

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