Jean Paul Gaultier: del cine a las estrellas


El cine, por esencia, se alimenta del glamour sin límites y engloba el placer de todos los sentidos. Sedas que acarician cuellos, cueros que aprietan carnes o muselinas que velan miradas repletas de deseo. El cine es textura y tiene tela. Por eso desde sus orígenes el séptimo arte ha necesitado tanto la moda como la luz y, si nos dejamos llevar por la poesía de una proyección, la luz de la cabina recuerda en la oscuridad a un velo que se extiende por encima de las cabezas de los espectadores.El cine siempre ha mirada a la moda y la costura no ha dejado de vigilar la gran pantalla. Detalles que parecen insignificantes, como la boina de Bonnie and Clyde (1967), marcan tendencias y se imponen en la calle con asombrosa facilidad. El camino inverso es tan frecuente como enriquecedor para todos, creadores y público, y los grandes modistos hacen sus pinitos en el cine con frecuencia. Menos de la que desearíamos, vistos los resultados. Sin olvidar que Christian Dior recibió un Oscar por Estación Termini (1953) dirigida por Vittorio De Sica.Audrey Hepburn no sería tan Audrey Hepburn sin los modelazos que le preparó Hubert de Givenchy para Una cara con ángel (1957) o Desayuno con diamantes (1961). El modelo negro que Audrey lucía con tanto gusto, frente al escaparate de Tiffany, fue escogido como el mejor vestido de la historia del cine y acabó siendo subastado en 2006 por 700.500 euros.Pero mucho antes Coco Chanel ya se rendía a los pies de Hollywood y, en concreto, del jefazo de la Metro-Goldwyn-Mayer, Samuel, que no dudó en ofrecerle en la década de los 30, un fabuloso millón de dólares (no me imagino lo que este importe podría representar hoy en día), para que fuese la asesora de vestuario de la compañía. Incluso ella misma diseñó el vestuario de Gloria Swanson en Esta noche o nunca (1931), dirigida por Mervyn LeRoy (¿no me digas que no dan ganas de ver ya una película con un título como ese?). Cuando meses después se vieron para probárselo antes del rodaje, Coco Chanel descubrió que Gloria Swanson se había excedido con la comida y que todo le quedaba muy justo. La actriz, llorando a lágrima viva, le confesó que estaba embarazada y que nadie del estudio debía saberlo.Complicidad femenina obliga, Coco Chanel se puso a la obra y diseñó todo una serie de fajas elásticas que le permitieron disimular su estado de buena esperanza (no puedo evitar pensar en el corpiño para embarazadas de Gaultier). En esta película aparece un vestido de noche de tirantes que, de hecho, rse da un aire al que Jean Paul Gaultier ideó en 1989 para Helen Mirren en el El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (por cierto, el otro día Juan Arteaga lanzó la idea de que Helen Mirren sería un estupendo Premio Donosti del próximo Festival de San Sebastián, a mí me parece genial, ¿y a vosotros?).La Fundación MAPFRE está que se sale y ha presentado una exposición ANTOLÓGICA, en su sede de Madrid, del genio Gaultier, con más de 125 conjuntos de alta costura, prêt-a-porter, fotos, vídeos… en un laberinto de color que nos lleva de sorpresa en sorpresa. Acostumbrado a ver muchísimas exposiciones, pocas suelen sorprender (temas muy trillados o momentos en que todo el mundo parece decidir exponer casi lo mismo, montajes sin sorpresas, falta de ritmo en las presentaciones…) pues sinceramente, la exposición de Jean Paul Gaultier es de lo mejor que se ha visto hace tiempo. Además es tan divertida… lo que se agradece el humor en estos tiempos.Ya por lo pronto los “títulos de las obras” invitan al sueño. Ejemplos: bolero con cuello Mao y sujetador de terciopelo en color Martín pescador bordado con azabache o falda de muselina y crespón de seda arrugado con encaje de lamé y aplicaciones de escamas de látex. ¡Tela!, y nunca mejor dicho.No sólo la exposición es un paseo por la imaginación de uno de los genios actuales sino que también, poder observar un vestido de noche de tafetán, bordado con canutillos y perlas “piel de leopardo” que ha necesitado más de 1000 horas de ejecución, se convierte en un sabio homenaje al buen hacer de unos oficios, técnicas y artesanos que, con los tiempos actuales, va costando cada día más conservar. Jean Paul Gaultier no podía prescindir del cine, dado que sus creaciones son tan cinematográficas, en esencia. Desde El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) de Peter Greenaway, La ciudad de los niños perdidos (1995) de Jean-Pierre Jeunet hasta El quinto elemento (1997) de Luc Besson,  cada una de sus incursiones en el séptimo arte ha sido un exitazo.Pero con Pedro Almodóvar, Jean Paul Gaultier da lo mejor de sí mismo. Ya sea en Kika (1993), La mala educación (2004) o La piel que habito (2011) cada vestuario se supera y poder verlos, tenerlos tan cerca en la exposición es, realmente, llamativo dadoq que no deja de ser una parte de la historia universal del cine. Gaultier no sólo ha trabajado para el cine, un espectacular trabajo lo hizó para el ballet  de Blanche Neige de Angelin Preljocaj (sinceramente, no tengo palabras) o para los vídeos de la cantante Mylene Farmer. Parece como si con los años, Gaultier cada vez se fuese haciendo más sobrio y se concentrase en lo esencial. Prueba de ello esos vestidos ultra-blancos que, a primera vista, parecen tan sencillos. Sin embargo bien es sabido que si hay muchas variedades de blanco, existen muchos menos genios y, lo que está claro, es que sólo hay un único Jean Paul Gaultier.Hazte un regalo y vete a ver la exposición, sólo hasta el día de Reyes, el 6 de enero. Aunque voy a perder todo credibilidad confesaré lo inconfesable. Al mismo tiempo que la expo Gaultier, en otra de las salas de la sede de Recoletos de la Fundación MAPFRE se exhibe, Obras maestras del Centre Pompidou, ochenta retratos de grandes artistas de las colecciones del Musée National d’Art Moderne-Centre Pompidou de París, en otros  Pablo Picasso, Francis Bacon, Henri Matisse, Robert Delaunay, Antonio Saura, Jean Dubuffet, Joan Miró o Amedeo Modigliani.Bueno, pues tras deleitarme con la exposición del modisto, mientras veía las obras maestras de las pinturas, me imaginaba qué modelo de Gaultier le sentaría mejor a cada retrato. Reconozco que quizás no sea muy ortodoxo o, en realidad, sea precisamente eso lo que piden hoy en día una buena exposición (apropiarse de ella o interpretarla de una manera peculiar o diferente). Eso sí, confieso que disfruté en extremo y que pude confirmar lo bien que Audrey debía sentirse frente a Tiffany, puesto que ambos casos, tanto mirar ese lujoso escaparate como disfrutar de esta magnífica exposición, son placeres totalmente gratuitos.

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