Babycall, Noruega 2011


Los rasgos de Noomi Rapace poseen un toque de animalidad que inquieta y su forma de moverse recuerda a los grandes felinos en plena caza, sus miradas combinan una fragilidad extrema y una peligrosidad inquietante. Sabes que puede resultar tan terrible como un arma cargada pero, a la vez, tan enternecedora como un bebé abandonado. Una actriz que llama la atención y que sabe conjugar con sabiduría los grandes espectáculos (¿quién no está deseando verla en lo último de Ridley Scott?) como las producciones casi anónimas.

Babycall pertenece a esta segunda categoría. Película de un director casi desconocido, Pal Sletaune, de una cinematografía prácticamente no distribuida fuera de sus fronteras. Aun así la presencia de esta extraordinaria actriz consigue que el film logre una carrera internacional a base de premios importantes (en el Festival Fantástico de Gerardmer o mejor actriz en el de Roma) y, sobre todo, por su impresionante prestación.

Una madre se instala en una barriada de edificios populares con su hijo de 8 años. Asustada, inquieta, al acecho del mínimo índice sospechoso, el espectador comprueba la inquietud de esta joven, sin saber nada de su pasado, pero consciente de que debe de haber sufrido algún reciente trauma. El excesivo apego a su hijo, comprobado por la visita de los servicios sociales, obliga a la protagonista a poner en práctica los dos comportamientos que le producen más pánico.

El primero es llevar a su hijo al colegio. Separarse de él representa una tortura sobrehumana, las horas se convierten en semanas y le cuesta alejarse del establecimiento, por lo que vagabundea por los alrededores haciendo tiempo hasta el final de las clases. La segunda es que el niño debe dormir sólo en su habitación, aunque es necesario para el desarrollo emocional de su hijo resulta nefasto para ella. Para poder estar más tranquila decide comprarse el aparatito, tan conocido por los padres novatos (vigilabebés o baby phone), que permite escuchar los ruidos o llantos de la habitación de al lado.

Por si no fuesen suficientes los problemas que ya tiene en la cabeza, a éstos se añade el hecho de que por el babycall se escuchan, en plena noche, los gritos y llamadas de auxilio de una mujer. La tensión aumenta para mayor placer del espectador. De vuelta a la tienda el vendedor, personaje que jugará un rol importante en la historia, la tranquiliza al comentarle que es posible que una interferencia de onda se haya colado en su receptor.

Para los amantes de Polanski, el huis clos, los espacios confinados, la concentración de emociones o las paranoias varias y la tensión constante, la película resulta una verdadera gozada. Un thriller muy, muy psicológico, con varias puertas por abrir, intriga malsana y, por supuesto, un final… como todos los de este género. Noomi Rapace nos compensa ante la espera de la llegada de la nave Prometeo (aquí, gracias al babycall, al menos alguien escucha tus gritos).

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